2. Viernes, 12h

Las dos de la tarde. Toda la mañana sentado y jugando al solitario en el ordenador o leyendo noticias por internet. Nadie había entrado en toda la mañana, y ya empezaba a convertirse en costumbre. Últimamente parecía que la gente ya no les necesitaba, y la verdad es que a él le daba un poco igual mientras que su jefe ganase para seguir pagándole la birria de nómina que cobraba y que le obligaba a trabajar también por las tardes. Aún así se podía considerar afortunado por haber encontrado dos trabajos tan tranquilos como sencillos y a la vez igualmente mal pagados, pero alimentan más dos trozos de pan duro que ningún bombón de chocolate.

Ya estaba a punto de echar el cierre cuando entró un tipo vestido muy elegante y con un sugerente maletín de cuero negro. Normalmente este perfil era el de los mejores clientes, los que no tienen problemas para comprar el coche más caro de la tienda pagando en efectivo. Rápidamente se levantó de la silla, no sin antes cambiar en el ordenador el solitario por la ventana del programa de ventas. Le dió la mano, la bienvenida y le preguntó si podía ayudarle en algo.

El desconocido no dijo nada, miró de arriba a abajo al vendedor, su traje barato y algo gastado ya por el uso diario, sus gafas de pasta de diseño inexistente y que parecían del todo a cien, sus zapatos también desgastados y cuyo único brillo negro se lo debían a las capas y capas de betún que trataban de disimular su mal estado.

Tal vez pueda ayudarle yo a usted — dijo al mismo tiempo que le ofrecía una tarjeta de visita.

Cogió la tarjeta y al hacerlo, el extraño dió media vuelta y se marchó de manera tan sigilosa como había entrado, dejándole de pie, estupefacto, con la tarjeta en la mano y sin saber que pensar. Cuando por fin reaccionó y miró la tarjeta, aún fue más su sensación de que aquello era la situación más extraña que jamás había vivido, sólo ponía:

Viernes, 12h

c/ fontana, 135

y por más vueltas que le dió a la tarjeta y a la situación, no encontró ninguna respuesta ni solución ni consiguió entender las preguntas que le venían a la cabeza: ¿Ha pasado de verdad? ¿Qué pasará el viernes a las 12h? ¿Iré? ¿Puedo no ir?

Se volvió a sentar ignorando el ordenador, mirando y remirando la tarjeta, dando vueltas a esas preguntas, así pasó una hora sentado hasta que se dió cuenta de la hora que era y rápidamente se dispuso a cerrar. De camino a casa seguía dándole vueltas: ¿Que pasará dentro de 3 días? Es curioso, pero es lo que más le preocupaba. Al llegar a casa no se lo podía sacar de la cabeza y mientras cenaba tampoco podía pensar en otra cosa. De pronto le vino la imagen del hombre del maletín, y comenzó a analizar el recuerdo de esa imagen, sin conseguir encontrar nada que destacase especialmente en él: un traje impecable, pelo corto y engominado, la cara simplemente inexpresiva, un maletín con bordes dorados que fue lo más le llamó la atención… decidió no darle más vueltas y acostarse, seguramente era un tío loco que disfrutaba vacilando a la gente y riéndose después, probablemente ahora estaría deleitándose con lo nerviosas que había dejado a sus “víctimas”. Se acostó y se olvidó de todo el asunto.

Por la mañana, se levantó muy tranquilo, se duchó, se afeitó, desayunó y se vistió. Salió de su casa para dirigirse de nuevo al concesionario. Al doblar la esquina, vió junto a la puerta el perfil de alguien, y al irse acercando pudo reconocer al tipo del maletín del día anterior. Jordi no se lo podía creer.

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