4. Póquer

Quince minutos para las 12, un viernes cualquiera. Acababa de llegar a la cita de la tarjeta aunque no sabía muy bien porque había decidido finalmente ir. Seguramente el deambular todo el día por la rambla sin nada que hacer había tenido algo que ver. El caso es que finalmente entró en el edificio. Era el típico hall de unas oficinas, suelos de mármol relucientes y mucha gente entrando y saliendo. Un sitio donde seguro que nadie se fijaría en alguien como él, sin ningún rasgo especial que destacar y de igual modo él no recordaría probablemente a nadie de entre todas aquellas personas que ahora veía sin mirarles.

Se encaminó hacia los ascensores. Fácil saber donde estaban si uno simplemente sigue a la masa gregaria que se mueve casi por instinto cuando va o viene a su trabajo. Por suerte él decidió hace tiempo dejar todo eso atrás, no le valía la pena el estrés, las prisas, la presión de un jefe, de los clientes. La vida debería ser algo mucho más interesante y menos rutinario que todo eso. Durante unos instantes recordó su antiguo trabajo como jefe de desarrollo en una importante empresa de productos químicos, las presiones de sus superiores para cumplir los plazos, el llevarse los problemas técnicos del día a día a casa y no dormir bien o no dormir en absoluto y como un buen día decidió dejarlo todo para dedicarse a buscar su felicidad por culpa de lo que acabó en la calle al no entender nadie de su familia que una persona con éxito laboral y al que la vida le iba bien (o al menos según marcan los cánones de nuestra sociedad) podía de repente dejarlo todo y vender todo para irse a vivir de alquiler y dedicarse a viajar por el mundo hasta quedarse sin un duro.

Diez minutos después llegó a la planta 17, tal como le habían dicho, y al salir del ascensor tres personas más bajaron con algo diferente respecto del resto. En lugar de moverse casi mecánicamente como hacía el resto, lo hacían de un modo mucho más cauto, mirando a todas partes como tratando de recordar cada detalle y en alerta por si algo les sorprendía. Lo primero que les hizo quedarse extrañamente parados es el verse los unos a los otros. Todos reconocieron su propio perfil en los demás, parecía evidente que buscaban lo mismo, pero nadie dijo nada, todos esperaban. Las doce.

El ascensor volvió a abrirse, vacío, salvo por una tarjeta en el suelo idéntica a la que los cuatro tenían en su poder. Pero en ésta no había nada escrito. Todos miraron extrañados la tarjeta durante un instante antes de mirarse entre ellos. Finalmente fue la chica la que dio el paso que todos siguieron hacia el interior del ascensor. Recogió la tarjeta esperando encontrar un número de planta o alguna referencia que les dijera que era lo siguiente que debían hacer, pero estaba en blanco por ambas caras y justo cuando se dio cuenta el ascensor se cerró solo y empezó a subir.

Sin haber accionado ellos ningún botón el ascensor subía. Ninguno de ellos se atrevía a hablar. La situación era demasiado extraña como para saber que decir. Planta 51. Se detuvo el ascensor y el pequeño timbre sonó al abrirse de nuevo la puerta. Nada más. Ni un sólo  ruido se oía en aquel piso donde la luz era muy intensa. Ya que el ascensor no se movía y parecía que esperase que salieran, lo hicieron cautelosamente, y en el preciso instante que los cuatro estuvieron fuera se cerró a sus espaldas fundiéndose las puertas con la pared, como si no hubiera ascensor.

Y en el silencio absoluto de aquella estancia, de repente el sonido de unos zapatos aproximándose hacia ellos, y poco a poco una silueta se recortaba contra la luz que les daba de frente y que tanto les molestaba impidiéndoles ver con precisión el sitio en el que se encontraban. Finalmente se paró a escasos metros de ellos, alguien conocido: el tipo de los maletines con su impecable traje y como no, en silencio.

Se acercó a ellos y uno por uno les entregó un naipe, cada uno diferente. Eran los cuatro ases de una baraja francesa. Les hizo gesto de seguirle y así lo hicieron. Por larguísimos pasillos, vacíos y en silencio, ni siquiera se oía el zumbido del aire acondicionado que en cambio si se dejaba notar. Tras varios giros y un largo paseo por aquellas oficinas aparentemente abandonadas pero en absoluto descuidadas (la limpieza de todos y cada uno de los rincones era notable), llegaron ante las puertas de un despacho, el extraño las abrió y en su interior una gran mesa redonda con un tapete verde estaba dispuesta con cinco sillas a su alrededor, en una de ellas, la que estaba de espaldas a la ventana y frente a la puerta, se fue a sentar el trajeado mientras ellos esperaban en la puerta hasta que se decidieron a ocupar el resto de los sitios. La partida estaba dispuesta.

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