Tiniebla

Desperté de mi duermevela en mitad de la sala de urgencias, sólo. El ruido de las máquinas era todo lo que alcanzaba a oir. Recorrí los largos pasillos buscando a alguien, mis pasos retumbaban como un potente martilleo. No vi a nadie, no oí a nadie. Seguí avanzando por escaleras y más salas, completamente vacías. La situación cada vez era más angustiosa, y no podía dejar de pensar que todo era el típico sueño del que ya quería despertar. Pero no podía. Abrí muchas de las puertas por las que pasaba. Las salas estaban totalmente desiertas, pero todo estaba en su sitio, perfectamente colocado.

Me quedé parado por un momento, prestando atención. Escudriñando la oscuridad para tratar de percibir algún signo de vida, algún sonido. Y llegó. Sin más. Iba creciendo poco a poco, como si siempre hubiera estado ahí y yo de repente me hubiese quitado los tapones. Salí corriendo en aquella dirección y a medida que me acercaba al final del pasillo en el que estaba, la luz aumentaba y también aquel sonido. Pero al girar la esquina, de repente, oscuridad y silencio me envolvieron de nuevo.

Y ya nunca me abandonaron.

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