El expediente 654 (y 2)

La noche puede ser muy larga cuando uno no puede dormir. Había conseguido olvidar casi por completo la historia durante todo el día. Me ayudó mucho la recomendación de mi compañero cuando volvimos a entrar en el despacho y nos sentamos cada uno a nuestra mesa:

– Si te obsesionas con esas historias, tendrás problemas. Aquí son más habituales de lo que te imaginas.

– Lo supongo – hice un esfuerzo por resignarme -, tal vez sea porque llevo poco tiempo por aquí pero me sigue pareciendo una historia escalofriante y me gustaría saber más.

– Tu verás lo que haces – dijo con un gesto de hombros -, pero te agradecería que lo olvidaras mientras estés conmigo, no quiero que me metas ideas raras en la cabeza – esto último lo dijo subiendo algo el tono -, yo tengo una familia y no me puedo jugar el puesto.

– De acuerdo, no te volveré a hablar de ello.

Y así lo hice durante todo el día, me ayudó mucho la montaña de trabajo que se nos vino encima pasado el mediodía. Un no parar hasta que llegaron por fin las seis de la tarde y salimos de aquel sitio. En el coche me puse la música más comercial que encontré en la radio para tratar de no pensar, y funcionó. Es increible como llegan a contagiarse hasta el punto de que resulta imposible tener nada más en la cabeza. De hecho, mientras me duchaba seguía tarareando la última que había oido antes de cerrar el coche. La cena delante de las noticias fue el detonante que me devolvió esas ideas a la cabeza: unos vándalos habían organizado una pelea a cuchillazos en uno de los peores barrios de la ciudad, con el resultado de cinco nigerianos muertos y tres sudamericanos heridos, algún policia se llevó también su ración, pero nada de importancia.

Así que cuando por fin me tumbé en la cama, el silencio de la noche y la soledad de la habitación hicieron el resto. En ese momento eché en falta a mi mujer que se había ido a ver a sus padres, su madre no se econtraba bien y la habían llevado al hospital hacía un par de días para hacerle unas pruebas.

Me bailaban en la cabeza todas las cosas terribles que había oído de ese tipo. Me lo imaginaba volviendo a casa de sus padres después del trabajo, donde vivía con su mujer y su hija recién nacida hasta que pudieran permitirse una casa propia. Me lo imaginaba abriendo la puerta de la casa y viendo como en el salón, su mujer follaba con otro tío en su sofá, él tumbado boca arriba y ella encima brincando y sudando, disfrutando de ese tío, que además era uno de sus mejores amigos, mientras él se había estado dejando el pellejo doce horas en la fábrica. Me imaginaba la escena, él de pie petrificado, de repente se le caen las llaves al suelo, el ruido alerta a los cabrones del sofá, ella se gira asustada y el tipo se medio incorpora para ver quién es. Me imaginaba las excusas estúpidas y tópicas de los amantes, de los adúlteros, de los futuros fiambres, mientras a él, parado en el quicio de la puerta, se le iba hinchando la vena del cuello.

Lo que no me podía llegar a imaginar es como se podía tener la sangre fría en ese momento de recoger las llaves, pedir disculpas, cerrar la puerta y dar media vuelta. No me podía ni imaginar que estuvo pensando ese hombre, que le pasó por la cabeza durante las dos horas que dejó pasar antes de volver a la casa cargado con una sierra mecánica para descuartizar a su mujer en el baño. Y como había tenido después la sangre fría de endosarle el asesinato a su amigo dejándole las bolsas en el patio de su casa para llamar después a la policia.

Definitivamente, no era un tío al que se deba enfadar. El despertador, las siete, hora de volver al curro y ver de nuevo al más impasible de los asesinos que habían pasado por allí.

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