Nápoles

Por fin llegó el gran día.

Ya ibamos camino del aeropuerto para embarcarnos hacia Nápoles, después de tanto tiempo insistiendo Giancarlo había conseguido convencerme para ir a visitar su tierra de la que siempre hablaba maravillas. Un vuelo rutinario y aburrido nos llevó en apenas cuatro horas (incluyendo el engorroso control, el tiempo de facturación y el encontrar nuestras maletas) hasta el Aeropuerto Capodichino de Nápoles.

La sensación de estar de vacaciones y el cambio de aires me estaban sentando bien, no me importaba mucho el bochornoso calor en el exterior del aeropuerto buscando un taxi durante media hora, ni siquiera lo asqueroso que estaba el asiento me importó demasiado.

Después de casi dos horas y media de atascos, gritos y bocinas viniendo de todas partes, llegamos por fin a la casa de su familia. No era lo que me esperaba, pero tenía su encanto. Decir que estaba a las afueras resultaba un eufemismo muy generoso, pero el hecho de estar en el campo sin el ajetreo de la ciudad resultaba de agradecer, y  asi poder disfrutar del hermoso canto de los gallos despertándonos para disfrutar del dia desde antes incluso de que empiece,  y poder observar como los futuros jamones son cuidados con cariño antes de ser brutalmente masacrados, y sentir la tierra húmeda bajo mis pies hermanándome así con la naturaleza hasta casi mis rodillas. El taxi nos dejó lo más cerca posible, justo donde acababa la civilización (si es que a un camino semi asfaltado con gravilla se le podia llamar así) y empezaba la finca, de modo que enseguida me pude fundir con la naturaleza, yo y mis maletas con ruedecitas, hasta que llegamos a la finca.

Al ver aquella gran casa todo lo demás perdió su interes, habia valido realmente la pena. Tras las encinas que acunaban el camino por el que habiamos atravesado, de repente una gran explanada dejaba al descubierto un enorme caserón posiblemente de más de 100 años recubierto de enredaderas de un verde intenso. La casa, perfectamente cuidada y encalada bajo las hojas, habria valido perfectamente como nave industrial a un hipermercado, era descomunal comparado con todas las casas de campo que yo hubiera visto. Una mujer mayor salió a recibirnos, con el pelo recogido en un moño, un vestido oscuro y un delantal a medio cuerpo sobre él, corria a abrazar a Giancarlo.

Tras dejar nuestras cosas en una de las habitaciones del segundo piso, en la que me encontré la típica palangana con jarra y espejo propios del siglo pasado y una cama sobre la que podria saltar un paracaidista sin temor a hacerse daño por lo grueso del colchón, bajamos a cenar. Estaba todo preparado y la familia alrededor de la mesa (el padre, la abuela, sus cinco hermanas y sus dos hermanos), todos esperándonos para sentarse en un acto de educación que realmente me sorprendió. Comí hasta reventar y hubiera reventado si me hubiera comido todo lo que aquella buena señora nos queria poner en los platos, aquello parecia un puchero sin fondo, siempre habia más. Cuando por fin se rindió, tomamos unos cafés excelentes y cortísimos (al estilo italiano) mientras Giancarlo hablaba con su familia y les contaba cosas de nuestras vidas en Madrid (después de tanto tiempo con él, algo de italiano entendia, pero hablaban muy rápido para mí y solo pillaba frases sueltas).

Se habia hecho de noche mientras cenabamos, y al salir al porche, Giancarlo me propuso ir a la ciudad a tomar unas copas con su hermana Rossana (la única más o menos de nuestra edad). Por suerte no tuvimos que atravesar media finca con la ropa buena que me puse para ir de fiesta (echar a perder esos zapatos dentro del barro me parecia una atrocidad), ya que Rossana tenia el coche en la parte trasera de la casa y desde allí salimos directamente rumbo a Napoles.

Las luces de neón y el aroma a ciudad me animaron mucho, estaba deseando llegar a algún sitio y ponernos a bailar. El primer sitio donde nos metimos (el Miami Barroom) era muy fashion, un lugar en el que yo me sentí realmente en mi ambiente, muy a gusto. Y allí estuvimos pasándolo en grande con unos amigos de Rossana y de Giancarlo que solían ir cada fin de semana al local. Si no hubiera sido por un estúpido que me empujó, y al contestarle yo en castellano, empezó a insultarme y decirme de todo, la noche hubiera sido perfecta.

Al salir a eso de las 2 de la mañana, nos estaba esperando el imbécil que me había empujado, con sus amigos en una actitud que me llevó a pensar que realmente querían hacernos algo (debo reconocer que ver los bates de beisbol y las palancas de metal que llevaban me dió alguna que otra pista más). Intentamos salir sin mirarles fijamente y caminando despacito hacia el coche pero de repente se lanzaron hacia nosotros obligándonos a salir corriendo por la calles de Nápoles.

Yo intentaba seguir a Giancarlo que se metía por callejones que conocía intentando darles esquinazo, pero no sirvió de nada. Unas calles más abajo nos tropezamos con un grupo similar de gentuza, que al vernos corriendo se quedaron parados mirándonos y al ver quienes venian detrás nuestro se enzarzaron con ellos en una pelea en la que corrió la sangre y nuestros cuerpos por el suelo por los golpes que nos llevabamos de propina.

Sin comerlo ni beberlo nos habíamos metido en una disputa entre bandas, lo único positivo es que probablemente se habían olvidado de mí, o eso quería pensar mientras gateaba entre las piernas de aquellos camorristas intentando salir como podía de la melé. Cuando al fin me libré de aquella masa ingente de adrenalina, músculos y estupidez, salí corriendo y me metí en un bus que pasaba por aquella esquina, me daba igual donde fuese. Dos paradas más tarde el conductor del bus me echó a patadas, y me ví en la calle tirado, con la ropa destrozada y la cara hecha un cristo. Justo en ese momento llegó Giancarlo, en el mismo estado lamentable y nos fuimos hacia su casa cogiendo un taxi.

Nos pasamos el resto de la semana en cama o paseando por la finca, alejados de la barbarie de la sociedad, y en ese momento fue cuando entendí el porqué de vivir tan alejados de la ciudad para poder disfrutarla.

Nunca más he vuelto ni nunca más Giancarlo me ha vuelto a insistir, me quedo con Madrid, una ciudad en la que al menos puedo no morir en el intento de salir por la noche.

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