El intruso

Era una noche tranquila de verano, o al menos eso pensaban Miriam y Elisa cuando se acostaron unas horas antes. Las dos amigas estaban solas en casa de Miriam, situada en un lugar muy bonito aunque ligeramente alejado de la ciudad. En esa noche calurosa corría un viento cálido procedente del mar, muy húmedo y pegajoso, que hacía sudar sólo al sentirlo encima. Dejaron la ventana de la habitación abierta para que entrara el máximo de aire, aunque era caliente y denso era mejor que nada.

La persiana entornada arrojaba, en medio de la habitación, un rayo de luz tenue procedente de la luna llena que había esa noche, una franja luminosa que se arrastraba sinuosamente por el suelo de habitación, trepando por las blancas sábanas de las camas y paseándose por encima de sus dos cuerpos, entregados a un sueño profundo.

Dormían plácidamente, sin preocuparse de nada salvo de alguna que otra picadura eventual de un mosquito atraído por el calor de la habitación. El reloj de la pared marcaba casi las 4 de la madrugada cuando un ligero ruido, procedente del jardín, intranquilizó al gato siamés de Miriam, llamado Ezequiel, haciéndole buscar refugio junto a su ama, que apenas si se inmutó cuando el gato se coló entre sus piernas. La estrecha y uniforme banda de luz que entraba por la persiana fue lentamente recortada por la sombra de una mano que, muy sigilosamente, se iba introduciendo por la rendija para retirar suavemente la aldaba poco a poco para evitar el crujido de las bisagras, e introduciéndose a continuación de un ágil salto a través de la ventana en el interior de la casa. Una vez dentro de la habitación, que se había inundado de la suave luz nocturna de la luna, su atención recaló inmediatamente sobre los cuerpos de las dos jóvenes incautas, tumbadas en sus camas, y se quedó sin aliento y paralizado en ese preciso lugar mirándolas con admiración, pensando en que tal vez esa noche conseguiría algo más que robar cuatro trastos, más o menos caros, y algo de pasta.

Esta estampa estuvo contemplando largamente el ‘intruso’ sin saber como reaccionar durante unos minutos, hasta que, decidido, dejó en el suelo la linterna y los aparejos que consigo llevaba; se dirigió resueltamente hacia la cama de Miriam, atravesando la banda de luz y formando una terrible sombra sobre el suelo enmoquetado al tiempo que se aflojaba los pantalones con la idea clara de jugar con ellas un ratito antes de proceder con su propósito inicial en aquella gran mansión. Pero el ruido de la hebilla, justo cuando el hombre estaba al pie de la cama, despertó a Ezequiel de su letargo, poniéndole tan nervioso que le saltó a la cara para arañarle. Al agresor le fue imposible dejar escapar un grito de dolor, eso despertó a las dos chicas que, tras un primer instante de desperezamiento y justo cuando llegaron a ver claramente lo que tenían delante, retrocedieron chillando histéricamente ante la figura de aquel hombre en medio de la habitación, junto a la cama de Miriam, con los pantalones bajados y con un gato en la cabeza. Cuando apaciguaron sus gritos, y aprovechando que Ezequiel estaba marcando la cara de aquel tipo entre maullido y maullido, saltaron de sus camas y salieron corriendo de la habitación sin pensar en nada más que en huir. Subieron deprisa los escalones, casi de dos en dos y tropezando en alguno, hacia la parte superior de la casa.

El ahora agredido, logró quitarse el gato de la cara de un simple manotazo, no sin antes haber recibido una buena ración de arañazos por toda la cara que le dejarían marcado el resto de su vida, lanzándole contra el armario junto a la ventana donde Ezequiel recibió un durísimo impacto. Tras recuperar lentamente la vista –ligeramente afectada por los arañazos– vio como ya nadie quedaba allí excepto él y el pobre Ezequiel a punto de perder una de sus siete vidas, pero a la que aún se aferraba como si fuese la última de ellas. Se dirigió rápidamente hacia la puerta, única salida posible si se descartaba la ventana por la que él mismo había entrado tras haber logrado trepar hasta este tercer piso. Empezó a subir dificultosamente las escaleras, todavía muy dolido por culpa de los arañazos del gato que había salvado a las dos chicas, cuando al llegar al último escalón un tremendo golpe en la cabeza, procedente de su derecha, le hizo caer rodando escaleras abajo, sin sentido y con una gran brecha en la frente por la que manaba sangre a borbotones y que hacía intuir que, fuera quien fuera anteriormente, ahora era un simple cadáver.

Las dos chicas permanecieron agazapadas tras el pequeño muro que separaba la escalera del salón y que servía de pasamanos: Miriam delante sujetando aún fuertemente la sartén con la que había propinado tan tremendo golpe al agresor, sin mirarle a la cara y en un ataque de histeria que le había proporcionado la fuerza más que suficiente para tumbar a un hombre tan grande; y Elisa detrás de ella, temblando todo su ser, temiendo que ese tipo volviera a subir las escaleras, pero ahora sabiendo que ellas estaban allí y pudiendo así esquivar otro sartenazo de Miriam. Tras un lapso que creyeron prudente –en realidad unos pocos minutos pero que a ellas se les hicieron eternos– durante el cual no se oyó más que los latidos, arrítmicos y muy acelerados, de sus asustados corazones en medio del más absoluto silencio que reinaba en el interior de aquel enorme y solitario caserón, se levantaron lentamente para mirar por el hueco de la escalera, aún con miedo de encontrárselo, cara a cara, al asomarse y que cogiera a alguna de las dos para devolverles el golpe o quién sabe que más. Pero eso no sucedió, lo que les dio el coraje suficiente para echar a andar escaleras abajo y comprobar qué se había hecho del intruso, así que, Miriam delante armada con la sartén en claro gesto agresivo y Elisa detrás agarrada a ella por la mano, empezaron a descender, poco a poco, escalón a escalón, hasta que al tomar el recodo que formaba la escalera vieron como allí al fondo, estampado contra la puerta de la habitación en la que, hasta hace un rato estaban tranquilamente durmiendo, había un cuerpo de hombre –un hombre grande, casi 1,90m, con la cabeza afeitada totalmente, de aspecto corpulento y vestido completamente de negro– tendido, doblado y brotándole sangre abundantemente por una brecha abierta en medio de su despejada frente. Sólo Miriam se atrevió a mirarle, ya que Elisa bajó las escaleras con los ojos cerrados, y en cuanto le vio allí, tumbado y aparentemente muerto, le dijo que ya podía abrir los ojos para ver lo que había sucedido y después subiera a llamar a la policía.

[…continuará…]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: