La villa de los mil caminos

Tras largo tiempo recorriendo los caminos, los diversos personajes encontrados habían dejado un rastro en su memoria. Cada uno de ellos había aportado su propio color, dotando a cada momento de las dosis justas de alegría y conocimientos del mundo que nos rodea. Y sin dejar de valorar el camino, creía el juglar haber encontrado una villa en la que poder disfrutar de su actual estado de euforia y felicidad junto a los muchos aldeanos que en ella habitaban. Parecían todos venir de largos caminos, algunos más polvorientos y tortuosos que otros, pero todos con un gran bagaje de recuerdos e historias en sus mochilas.

Un lugar en el que nadie se sentía extraño, todos eran bienvenidos, pues lo normal era ser forastero en el lugar. Nadie era de ahí, y probablemente ninguno acabaría allí el resto de sus vidas, todos partirían en algún momento para retomar su propio viaje. El eterno viaje que todos habían aprendido a valorar y del que ninguno estaba dispuesto a prescindir. Pero siempre es agradable compartir una temporada con otros viajeros para descargar de la mochila muchas historias, anécdotas y aventuras que puedan enriquecer o entretener, al menos, a otros viajeros.

Curioso por lo menos el emplazamiento de la villa, apartada de las grandes calzadas. Y sin embargo, mucho más transitada de lo que cabría esperar. Tal vez por ser un sitio de paso, no diré ya obligado, pero sí necesario para todo viajero que se precie de serlo. Un sitio en el que dejar la mochila al llegar, para disfrutar de todas las gentes que allí se reúnen. La eterna fiesta lo cubre todo, calles llenas de gente celebrando, siempre hay algún motivo para ello.

Pero todo exceso tiene un peligro. El peligro de perder la noción de la identidad propia, de perderse entre el júbilo y los placeres. Una pérdida que puede provocar pasar a ser uno más de los que acaban en el limbo. Un alma sin rumbo entre miles de ellas. Una extraña sensación se apodera de vez en cuando de los recién llegados, quizá un atisbo de razón que les hace despertar de la sensación de euforia provocada por ese maravilloso lugar. La sensación de estar atrapado en un lugar del que es difícil salir, porque en el fondo no se quiere salir.

De vez en cuando alguien consigue partir, tal vez en un arranque de autodeterminación, tal vez arrastrado por otro en la mayoría de los casos. Siempre es una gran pena para todos los que se quedan, pero es una pena que desaparece rápido porque otros nuevos llegan para la eterna fiesta. Sabía el juglar que cuando le tocase partir, pasaría lo mismo. Le echarían de menos el tiempo que tardase en llegar un nuevo visitante. Pero a siempre le quedaría el recuerdo de los buenos momentos en cada uno de los pasos que diera por el nuevo camino.

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4 comentarios to “La villa de los mil caminos”

  1. Y tenías razón. Me ha encantado! Por qué será que a medida que iba leyendo me sentía un personaje más de la villa? Todo tiene un principio y un final pero hay finales relativos y no todos tienen que ser malos. “Sabía el juglar que cuando le tocase partir, pasaría lo mismo. Le echarían de menos el tiempo que tardase en llegar un nuevo visitante”. Dicen que la gente no es imprescindible pero hay momentos, sensaciones, gestos, conocimientos, que te deja alguien, que guardas para ti y que es muy difícil que otro logre sustituirlos. Eso, de alguna forma nos hace únicos y difíciles de olvidar :)

  2. Fantástico makj!
    En cada párrafo he encontrado frases que me han llegado y opino que las hay muy especiales.
    Me encanta esta : “El eterno viaje que todos habían aprendido a valorar y del que ninguno estaba dispuesto a prescindir”.
    Sigue escribiendo así!

    • ya sabes que me gusta divagar en mis propios pensamientos y que a veces me pierdo entre la semántica y las sensaciones, y es curioso como en algunas ocasiones esto lleva a frases geniales de las que yo mismo me sorprendo cuando las vuelvo a leer

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